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sábado, 21 de noviembre de 2009

Otro artículo del mismo calibre que el anterior !!!!!

Avichai Rontzki la cara del demonio

Rabino Israelí: "Los soldados que muestren misericordia estarán malditos"

Rabinos en el ejército israelí apoyan el asesinato de niños palestinos
El Rabino Jefe del Ejército de ocupación israelí dijo a los estudiantes de un programa pre-militar en una yeshiva la pasada semana que los soldados que “muestren misericordia” hacia el enemigo en tiempo de guerra estarán “malditos”.


El general de brigada Avichai Rontzki dijo también a los estudiantes de la yeshiva que los individuos religiosos eran mejores soldados.

En un acto celebrado el jueves en la yeshiva Hesder, en el asentamiento de Karnei Shomron, en la Cisjordania ocupada, Rontzki se refirió a un discurso de Maimónides sobre las leyes de la guerra. El texto cita un pasaje del Libro de Jeremías que declara: “Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová, y maldito el que mantuviere a su espada alejada de la sangre.”

En palabras de Ronzki, “en tiempo de guerra, quien no luche con todo su corazón y su alma estará condenado como también lo estará si mantiene su espada alejada de la sangre o si muestra misericordia hacia su enemigo cuando no se debe mostrar misericordia.”

Las declaraciones de Rontzki se produjeron durante una ceremonia para celebrar la llegada de un nuevo rollo de pergamino de la Torah a la yeshiva.

Rointzki también se refirió específicamente a la conducta del Ejército de ocupación israelí durante la Operación Plomo Fundido en Gaza (que ha sido vinculada por el Informe Goldstone a crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad). “En lo que respecta a lo que hemos oído en los medios, tenemos que decir que, gracias a Dios, el pueblo de Israel se ha unido recientemente en torno a un concepto simple de cómo debe luchar. Una de las mayores innovaciones de aquella ofensiva fue la conducta de guerra (llevada a cabo por los soldados israelíes) y no el tipo de misión.”

“Todos nosotros recordamos el principio de la guerra, que se produjo con un fuerte ataque llevado a cabo por 80 aviones que bombardearon varios lugares y luego el fuego de la artillería, morteros y tanques, como debe suceder en la guerra,” señaló.

viernes, 26 de junio de 2009

¿Tiene Israel realmente derecho a existir?


Después del totalmente previsible discurso de Netanyahu, los políticos y periodistas, como autómatas insensatos, han empezado a repetir el cansado mantra israelí de que los palestinos deben reconocer el derecho de Israel a existir. No importa el hecho que la OLP y la Autoridad Palestina se hayan plegado a esta ridícula exigencia, no sólo una, sino cuatro veces. Y no importa que Israel haya negado siempre el derecho de Palestina a existir, no sólo como nación, sino como personas que aspiramos a una vida digna en nuestra tierra natal.

¿A alguien le parece interesante que Israel sea el único país del planeta que va con esta cantinela insistente de que todo el mundo le reconozca su derecho a existir? Dado que nosotros, los palestinos, somos los desposeídos, ocupados y oprimidos, uno podría esperar que fuésemos nosotros quienes tuviéramos que hacer semejante demanda. Pero no es el caso. ¿Por qué? Porque nuestro derecho a existir como nación está claro como el agua. ¡Nosotros somos los nativos de esta tierra! Sabemos que tenemos este derecho. El mundo lo sabe. Por eso, Palestina no necesita que Israel ni ningún otro país reconozcan su derecho a existir. Somos los herederos legítimos de este territorio y se puede comprobar legal, histórica, cultural, e incluso genéticamente. Y como tal, la única legitimidad que Israel puede llegar a tener debe venir de que nosotros renunciemos a nuestra herencia, a nuestra historia y a nuestra cultura para dárselas a él. Por eso Israel insiste en que nosotros declaremos que tiene derecho a apropiarse de lo que siempre fue nuestro, desde casas, propiedades, cementerios, iglesias y mezquitas, hasta cultura, historia y esperanza.

Israel es un país que se fundó por europeos que vinieron a Palestina, en forma de bandas terroristas, que emprendieron una limpieza étnica sistemática de los palestinos nativos de sus hogares en el 78% de la Palestina histórica en 1948. Dichos palestinos y sus descendientes todavía languidecen en campos de refugiados. Israel intentó repetir la hazaña en 1967, cuando conquistó lo que quedaba de Palestina, pero entonces no pudo desalojar a los campesinos de sus hogares tan fácilmente. Esto sigue siendo cierto a pesar de los 40 años de violenta y opresiva ocupación militar de Israel en Cisjordania y Gaza. A pesar de las demoliciones de viviendas, confiscaciones de tierra, la construcción rapaz de colonias sólo para judíos, un sinfín de puestos de control militar, asesinatos extrajudiciales, bombardeos de escuelas, hospitales, centros comerciales y edificios municipales, asedios y negativas; a pesar de las violaciones masivas de los derechos humanos, arrestos y torturas de hombres, mujeres y niños indistintamente , la separación de familias, las humillaciones diarias; a pesar de las matanzas masivas, los palestinos seguimos aquí. Todavía resistimos. Todavía vivimos, amamos y tenemos hijos. En tanto nos es posible, reconstruimos lo que destruye Israel. ¡Éstos son derechos!

Los derechos son inherentes e intrínsecos, como el derecho a vivir con dignidad y ser dueños del propio destino. Un derecho humano es que no se persiga y se oprima a las personas por el hecho de pertenecer a una religión y no a otra. Que los israelíes simplemente se apropien de lo que pertenece a los palestinos no es un derecho. Es un robo. Que Israel corte la entrada de alimentos, medicinas y otros artículos básicos a la Franja de Gaza, causando desnutrición masiva, miseria y el desplome económico porque los palestinos eligieron a determinados líderes, no es un derecho. Es una afrenta a la humanidad. Que Israel vierta la muerte desde el cielo sobre la ya maltratada y hambrienta Gaza, asesinando a más de 3.000 seres humanos y mutilando a miles más en un solo mes, no es un derecho. Es un crimen de guerra. Que Israel haya empleado todos los métodos imperialistas para subyugar, humillar, quebrar y expulsar a toda una nación, compuesta principalmente por civiles desarmados, a causa de su religión, no es un derecho. Es una obscenidad moral. Que a cualquier judío de Europa, África, Asia, América y Australia se le permita la doble nacionalidad, una en su país nativo y otra en Israel, mientras los legítimos herederos se consumen como refugiados sin ciudadanía de ningún sitio no es un derecho. Es un insulto.

Estoy segura de que mis palabras se tergiversarán de alguna manera para dar a entender que abogo por arrojar a los israelíes «a la mar» o alguna otra estúpida afirmación. Por lo tanto, permítanme que me explique: Todos tenemos derecho a existir, a vivir, a ser dueños de nuestro destino y a no ser oprimidos por otros. Estos derechos son inherentes a todas las personas que viven en esta tierra: judíos, musulmanes o cristianos. Pero los israelíes no tienen derecho a crear determinadas demografías religiosas para originar la desaparición de los nativos. Ser un Estado judío [o musulmán o cristiano], donde los privilegios los acuerdan los que pertenecen a una religión determinada en detrimento de quienes no pertenecen a ella, no es un derecho.

Una nación que discrimina y oprime a quienes no pertenecen al grupo religioso, racial o étnico determinado no es una «luz de las naciones». Es una plaga. Y reconocer ese racismo como un derecho humano o nacional va contra todos los principios del derecho internacional. Desafía el sentido básico de que el valor de un ser humano no se debe medir por su religión más de lo que debe medirse por el color de su piel o por el idioma que habla.

Susan Abulhawa, traducido por Carlos Sanchis, revisado Caty R


miércoles, 20 de mayo de 2009

Israel ahoga a los palestinos de Jerusalén.

Ocupación sionista de Palestina

Los partidos de la ultraderecha culpan a Ariel Sharon de la última masacre en Gaza. Argumentan que su plan de descolonización de la Franja ha provocado el rearme de Hamas y el lanzamiento de cohetes. Contraponen esta situación a la de Cisjordania y Jerusalén, donde desde los acuerdos de Oslo de 1993 hay 300.000 colonos más. Sin embargo, esta expansión ilegal lo que ha hecho es sumir a los palestinos en la miseria más absoluta.

Muchos prefieren pasar hambre a marcharse de su tierra. Es el caso de Said Saluahari y Umm Kamel, dos ancianos, hombre y mujer, cuyas vidas han quedado destrozadas por la acción de los colonos en la que está llamada ser capital de los dos estados, según la ONU.

Said es un beduino de 70 años. Su granja ocupaba una hectárea de tierra roja, de cultivo, y ahora es el terreno elegido para erigir una nueva colonia en Jerusalén Este. El asentamiento, que tiene aspecto de gran urbanización y acogerá a 3.000 familias, está unido a la ciudad, como un barrio más.

Las casas llegan prácticamente hasta la puerta del poblado de chabolas de Said, donde viven cuarenta personas en total, una única familia, el clan Saluahari. Detrás de los armazones bajo los que se cobijan, el muro cierra el paso a Cisjordania y corta el suministro de agua a sus chabolas. Afortunadamente, cuentan con un pequeño pozo, pero aún así, necesitan recoger el agua de lluvia en grandes barreños y dos bañeras viejas. En Jerusalén ha llovido dos días desde marzo.

Beduino sin cabras

Este pastor beduino ya no tiene cabras. La poca tierra que le ha quedado está demasiado cerca de la ciudad y ahora necesita un permiso del veterinario municipal. Pese a que la ciudad ha engullido sus chabolas, no se les ha concedido la ciudadanía de Jerusalén. No pueden pisar la ciudad. Su única salida es bordear la colonia por una carretera que corre pegada al muro y que les lleva hasta Belén, el único lugar en el que están autorizados a buscar trabajo, vender hortalizas o recibir atención médica.

Por contra, los alimentos procedentes de la ciudad cisjordana están vetados para los Saluahari. Están obligados a comprarlos en Jerusalén, donde los productos de primera necesidad quedan fuera de su alcance.

Esta ley esquizofrénica provoca que su único modo para subsistir sea ahorrar en todo, lo que incluye la comida y, por supuesto, el agua. Aún así, de no ser por los alimentos que les llevan otros palestinos desde la capital, se morirían de hambre.

También tienen prohibido el acceso al gas y a la gasolina. Cocinan al aire libre, con leña. Said se salta la ley y guarda una pequeña bombona de gas como último recurso. «Nuestra única suerte es que ya teníamos electricidad antes de que construyeran el muro», ironiza el beduino, que combate el frío con varias prendas de abrigo una sobre otra.

Una historia que se repite

Hay varios tipos de colonias en Jerusalén. Las metropolitanas, como la que se come el terreno de los Sauáhari, son urbanizaciones cercanas a la ciudad, en tierra cisjordana. Tienen entre 20.000 y 60.000 habitantes y conforman lo que se conoce como la Gran Jerusalén.

Todas se construyen dominando pequeñas colinas y sus murallas les dan un aspecto de castillo moderno y amenazante. Las colonias urbanas, como la que están levantando frente al poblado de familia de Said, son las que van ampliando el casco urbano de Jerusalén, haciendo crecer la ciudad más y más.

Una valla impide a los habitantes del poblado acercarse a la colonia. Además, los asentamientos judíos cuentan con una doble seguridad: por un lado, los puestos del Ejército y, por otro, empresas privadas. Lo común es que estas compañías de seguridad acaben contratando a los jóvenes colonos que viven en el asentamiento, lo que da cobertura a una pequeña estructura paramilitar dentro de la colonia. Fuera, el Ejército patrulla las carreteras.

Otros palestinos son quienes construyen la colonia que cerca el poblado de los Saluáhari como una maldición. Son la mano de obra más barata. Además, el empleo en una constructora o en una fábrica israelí ha acabado por convertirse en un arma de doble filo. «El Estado israelí rescató una ley que data de la dominación turca, según la cual, si un agricultor deja de trabajar su tierra durante tres años, pierde sus derechos sobre esa propiedad. Pueblos enteros palestinos perdieron sus tierras por trabajar en polígonos industriales sin conocer esa ley» asegura Sergio Yahni, del Alternative Information Center (AIC).

Nunca dejará su tierra, promete Said. Sin embargo, la precaria situación en la que viven ha acabado por dividir a su familia. Su sobrino ha aceptado poner una antena telefónica, de la compañía Cellcom, en el techo de su chabola. Recibe algo de dinero por el alquiler, y la empresa ha vallado con rollos de alambre de espino su repetidor. Said está muy dolido con su sobrino, porque está seguro de que la señal que emite es perjudicial para la salud.

No ha oído hablar de que provoca cáncer, pero entre la comunidad se ha extendido que acaba convirtiendo estériles a los hombres. Said está ya demasiado viejo y tiene ocho hijos: cuatro hombres y cuatro mujeres. Está orgulloso de que ninguno haya dejado el poblado donde él nació.

A Umm Kamel, una palestina del barrio de Seikh Jarrah, los colonos la asfixiaron. Esta mujer se ha convertido en el símbolo de la resistencia frente a las colonias en los barrios árabes. Ella sí es ciudadana de Jerusalén. Sus hijos, ya mayores, se casaron y se marcharon.

La dejaron sola con su marido. Fue entonces cuando unos colonos se metieron en su casa y se apropiaron de la mitad de la vivienda que se había quedado vacía. Como un cáncer, el asentamiento fue creciendo sin cesar dentro de los muros de su propio domicilio.

La pesadilla duró hasta la noche del 8 de noviembre, cuando los colonos acabaron por echarlos. Su marido, enfermo de diabetes, tuvo que ser hospitalizado. Umm Kamel, decidió trasladarse a una tienda en un solar cercano a su casa, en el que resiste desde el 14 de noviembre. Al igual que el de Said, su dignidad le impide resignarse y guarda celosamente la llave de su casa.

Su marido, Abu Kamel, de 69 años, murió en el hospital de un infarto al corazón apenas una semana después de que Umm Kamel se trasladara a la tienda. Ella no acudió al hospital, pero quienes la apoyan llevaron el cadáver hasta el campamento. Desde entonces, en el solar hay varios carteles en árabe con un fotomontaje con el rostro de su marido muerto y la mezquita de Al-Quds al fondo.

El valor de Umm Kamel la ha hacho famosa entre la comunidad palestina de Jerusalén. Recibe a diario la solidaridad de sus vecinos y su tienda de campaña siempre está repleta de palestinos y de cooperantes internacionales que la visita. Juntos se calientan en el fuego que arde todas las noches junto a la puerta de la tienda iluminada con un generador de gasolina.

Referente de la comunidad palestina

«Recuperaré mi casa, aunque tarde un millón de años», asegura Umm Kamel. La traductora voluntaria afirma que la mujer hace unas semanas tenía miedo de hablar, pero que, poco a poco, va cogiendo aplomo y ya mira fijamente a los ojos de quienes acuden a escuchar su historia y no a los del traductor.

Es la segunda vez que Umm Kamel tiene que abandonar una vivienda. Fue expulsada de su casa en 1948, recibió el estatus de refugiada y huyó a Jordania, a su primera tienda de campaña. En 1965, logró regresar al país y se estableció en la casa de la que acaban de expulsarla.

Ahora, su estatus queda en un limbo legal, ya que no recibe cobertura legal ni de Jordania, ni de la Autoridad Palestina. La batalla en los tribunales israelíes acabó por convertirse en una cadena de humillaciones.

El proceso es demasiado costoso para ella y, además, su caso choca contra una perversión legal conocida como la Ley del Ausente, que permite a los colonos sionistas ocupar cualquier casa si está `deshabitada' cuando entran.

La vivienda de Umm Kamel está totalmente reconstruida y la llave que guarda ya no abre la puerta. El edificio se encuentra cerca de las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Su expulsión no fue fruto del fanatismo de unos pocos radicales. Las organizaciones humanitarias, como el AIC, denuncian los planes de Israel para establecer un cordón de casas judías en el barrio de Seikh Jarrah para dividir la zona árabe y dejar a los palestinos de ambos lados del corredor sin comunicación.

Además de la agresión directa de los colonos, Israel utiliza la presión económica para expulsar a los palestinos. Los alquileres en esta zona de la ciudad se han disparado los últimos años y ahora la media es de 1.500 euros al mes, lo que provoca serios problemas de hacinamiento entre los árabes.

Sin embargo, Israel se ha estrellado contra el valor de Umm Kamel y no sabe cómo actuar. Durante las primeras seis semanas del campamento, el solar fue arrasado hasta en cinco ocasiones por los soldados israelíes, tres antes de la muerte del marido y dos después. Destrozaron todo con sus buldózers. Umm Kamel se pregunta: «¿Qué clase de país es éste, quetiene miedo de una mujer en una pequeña tienda?»

Fuente: Gara